Mi maromillo cree que no puedo con la realidad y me oculta cosas. Por ejemplo, me estuvo ocultando que había un ratón en la cocina o en el patio, o que había dos ratones o mil. Bueno, él creía que me lo ocultaba. Yo lo sabía porque distingo perfectamente las cacas de los ratones y había unas cuantas. Pero tampoco dije nada. Somos así de raros. Si no hablamos del tema, el ratón o los ratones no existen.
Un día me vine arriba y le dije que vivía un ratón en nuestra cocina. Puso cara de que le había pillado a él en algún tipo de renuncio. Al que pillamos por fin fue al ratón y a mí me dio estrés ecológico por haber matado a un ser vivo.
Estaba traduciendo un libro que se titula Crisis animal sobre lo mal que tratamos a los animales y se me quedó un ahogo en la garganta. Es verdad que los tratamos fatal y creemos que estamos por encima de todo lo que pasa en el planeta. Hay un capítulo sobre las ratas (lo nuestro era un ratoncillo de campo, que da bastante más pena) en el que se explica lo empáticas que son con sus colegas, o sea, que tienen sentimientos. Toda la vida hemos querido creer que los animales no sienten y ahora resulta que es falso.
Este ratoncillo seguro que sentía algo por los suyos y por nosotros, no vamos a negarlo. Se estuvo comiendo nuestra comida durante meses. Supongo que era agradecido. También dicen en ese capítulo del libro que es muy difícil convivir con animales como las ratas, que se reproducen en cantidades inconmensurables y se convierten en lo que llamamos «plaga».
Claro, los ratoncillos no vienen solos, pensé yo al terminar de traducir esa parte y se lo trasladé al maromillo. Él es el optimista de la pareja y yo soy la realista tirando a pesimista. Donde hay un ratón, hay más, le dije en plan filósofo. Él respondió que se habían acabado nuestros problemas. No habría más ratones. Quise creerle, aunque mi pesimismo realista lo impidió.
Seguí con la revisión de la traducción. «Es difícil convivir con un número grande de animales…», decía. Dejé de teclear para pensar cómo podríamos vivir nosotros con una familia de ratones. No lo veía, por más que intentaba ser tan empática como las propias ratas, y por muy monos y pequeños que fueran los ratones de campo.
La misma mañana en que yo traducía todo esto había caído otro en la trampa que nos vendieron en la ferretería, nuestra tienda preferida del pueblo. Después caería alguno más. Con cada asesinato, mi maromillo aseguraba que sería el último y a mí me sobrecogía la angustia. Luego perdimos la cuenta y yo no voy a poder seguir matando ratones a este ritmo, así que nos vamos a tener que ir a vivir a otro pueblo.
La ilustración es de Ignacio Klindworth.





