Un día estaba yo en plena traducción al inglés del libro de memorias de Gabriel Escarrer, fundador del grupo hotelero Meliá, cuando decidí salir a desayunar por segunda vez. Lo había hecho a las ocho de la mañana y ahora eran las 11.00. Más que al desayuno me iba a entregar al almuerzo, tan nuestro.
Dar al cliente lo que quiere
Me fui pensando en lo listo que es el señor Escarrer, que siempre sabe dar al cliente lo que quiere. Iba dándole vueltas a la cabeza a ver si yo podía aprender algo y dar a todos mis clientes exactamente lo que quieren para crear un imperio. Tendría de sobra con fuera la centésima o incluso la milésima parte de grande que el imperio Meliá.
Al llegar al bar, olvidé a Escarrer, aunque después se me ocurrió que quizá los bares de los pueblos sí podrían aprender algo de él.
Allá donde fueres, haz lo que vieres
Ya sé que no se puede generalizar, pero el asunto es que en este pueblo y en los dos de al lado, si pides un bocata de queso y beicon para desayunar, o una simple tostada con queso, por ejemplo, te dicen que hasta las 12.00 no dan queso, ni bocata. Yo, que procuro aplicar siempre lo de «allá donde fueres, haz lo que vieres», intento sonreír, aunque sospecho que se me pone cara de emoji con los ojos como espirales.
«Es que hasta las doce no llega el pan», me dijeron en el pueblo de al lado; «es que hasta las doce no llega la dueña», me dijeron en el mío. Por lo visto, solo ella puede poner el queso. En vista de eso y de que es una señora muy antipática decidí hacer un boicot y no volver a ese bar. Luego pensé que si boicoteo mucho, me voy a quedar sin bares. Unos días más tarde, vi que lo habían cerrado. ¿A lo mejor hubo un boicot general?
Comer pan de ayer
TOTAL, como decía un amigo que se iba por los cerros de Úbeda con una facilidad pasmosa, el otro día indagué un poco más en mi bar preferido y la conversación fue más o menos así:
—Si te pido una tostada ahora, que son las 10.00, me la das, ¿verdad? —pregunté sonriente y con cara de persona muy adaptada al nuevo medio.
—Sí, claro —me respondió el camarero, con aspecto de estar hastiado de preguntas con respuestas evidentes—. Con pan de ayer.
Pan tostado con aceite de oliva
O sea, llevo meses desayunando pan del día anterior. Esto me ha recordado a mi pobre abuelo que siempre decía: «Ay, el día que yo consiga comer pan fresco…». Resulta que mi abuela compraba el pan del día y lo congelaba. Mi abuelo, y todos los que pasábamos por allí, comíamos el pan descongelado del día anterior.
El caso es que, con todos estos datos en la cabeza —incluido el recuerdo de mi abuelo, que murió sin comer pan del día y el libro de Gabriel Escarrer, que tenía que entregar en breve—, una mañana de sábado me fui a desayunar al pueblo de al lado. A las doce y un minuto pedí un bocata de beicon y queso. Me pusieron media barra con un montón de beicon calentito que hacía que se derritiera el queso. Eso sí, no se les ocurrió la idea revolucionaria de tostar el pan o echarle unas gotas de aceite de oliva procedente de los olivos que nos rodean por todas partes.
¿Pa qué?
La ilustración es de Ignacio Klindworth. @IKlindworth




