El misterio de la lechuza

Convivir con animales

Ya os hablé aquí de nuestra larga convivencia con tres o cuatro ratones, hasta que tuvimos que darles matarile. Unos meses después de aquello, mi maromillo, siempre a favor de la fauna y la flora, se trajo a casa unos renacuajos de una charca a la que vamos de vez en cuando en nuestros paseos matutinos.

En primavera siempre los vemos, pero nunca sabemos si llegan a ser ranas, dragones o qué. Así que el maromillo decidió que lo iba a descubrir en nuestro patio. Cogió una botella de plástico y se trajo un puñadito; cuarto y mitad de renacuajos. Los metimos en una palangana grande de plástico (no preguntéis…) y nos trajimos barro, plantas, piedras y otros enseres de su hábitat natural.

Renacuajos de ida y vuelta

De vez en cuando, volvíamos a la charca, llenábamos la botella y se la echábamos a los bichitos negros, que parecían distinguir lo que era comida de lo que no, porque el caso es que crecieron y les aparecieron las patas traseras. ¡Madre mía! ¡Qué emoción cuando descubrimos esas ancas diminutas!

Lo malo fue cuando nos tuvimos que ir, por esta vida nómada que llevamos, y —un año más— nos quedamos sin ver en qué se convierten estos nadadores negros como el carbón. Antes de viajar, los metimos en un cubo, con todas las piedras, el barro y demás objetos personales, para devolverlos a la charca (de donde yo creo que nunca debieron salir). Vaya experiencia para unos renacuajos. Supongo que se lo contarían a todos los amigos del lugar que andarían preguntándose a dónde habría ido ese pequeño grupo que desapareció una mañana de abril.

Nuestro patio y otros animales

También convivimos, cómo no, con varias salamanquesas de tamaños diversos. Estas no dan guerra, no necesitan nada y no hacen ruido, que yo sepa. Estaría dispuesta a pagarles un sueldo, si sirviera para que se comieran más bichos de los que ya se zampan por su naturaleza.

De la cucaracha que apareció el otro día por el desagüe de la bañera prefiero no hablar. Todavía tengo pesadillas al más puro estilo de la Metamorfosis de Kafka.

Una mañana nos despertamos con un ejército de hormigas desfilando por la cocina. Entraban con estilo militar y se llegaban hasta un rinconcillo, donde habían hecho un hormiguero. (Me pregunto por qué las salamanquesas no pueden zamparse a todas estas).

Os recuerdo que la casa es de adobe. No quiero pensar en las galerías que hay por nuestras paredes, las imagino como Fraggle Rock, pero sin humor ni tecnicolor.

El misterio de la noche

Superado el susto, encontrado el origen de esta pasión hormiguil por nuestra cocina y distribuido el veneno por lugares estratégicos, hubo tres o cuatro días sin sobresaltos relacionados con la fauna, hasta que una noche oímos un ruido desconocido. Una especie de shhh, shhh… y a ratos un chirrido ronco y corto, ¡iiiiii!

No era una cigarra, era demasiado escandaloso para ser un insecto, ¿o no? No era un gato, ¿o sí? No podía ser humano… No, no. Eso sí que no.

Cada día que pasaba se oía más cerca, a un volumen más alto, más agudo. Nos subimos a una escalera para otear los tejados, pero no conseguimos ver nada. Hicimos toda clase de ruidos para ver la reacción. No parecía surtir efecto. A ese monstruo de la noche le daba todo igual.

Shhh. Shhh.

¡Iiiiii!

¡Iiieaa!

Investigación detectivesca

Mi maromillo, que disimula bien su cabezonería y su preocupación —luego supe que el asunto le alteraba tanto como a mí—, decidió que no podía pasar un día más sin saber qué era esa presencia inquietante que ocupaba nuestro patio por las noches. Con la misma decisión con la que se trajo a varias familias de renacuajos a casa, grabó el sonido de la criatura invisible y una mañana nos lanzamos a tomar café en nuestro bar de cabecera. Se sentó a la barra y le preguntó a la dueña si conocía un bicho…

No le dio tiempo a terminar. Respondió que ella no sabía nada, que preguntara «a los viejos» y señaló a unos parroquianos que serían más o menos de nuestra edad. Ejem. Maromillo disparó sin preámbulos. Describió aquel sonido con gran fidelidad y los lugareños no tuvieron dudas.

—Es una lechuza blanca —dijeron al unísono.

Les puso la grabación que había hecho con su móvil, para cerciorarse.

—Sí, es una lechuza —confirmaron cual Zipi y Zape.

Resuelto el misterio de la lechuza

Nos sentimos tan orgullosos de nuestra capacidad de investigación que estábamos decididos a proseguir con el estudio de campo. Esa noche nos apostamos en las tumbonas del patio dispuestos a pillar a la intrusa en pleno vuelo nocturno. Tras varias horas yo me aburrí y me puse a tuitear, pero el maromillo no cejaba. Descubrió al fin una cabecita blanca con dos ojos negros que nos miraba con curiosidad infantil desde la cornisa del vecino.

Me dio un codazo entusiasmado para que lo viera. ¡Era un pollo de lechuza! Estaba claro, incluso para urbanitas como yo, que lo más cerca que hemos estado de la Naturaleza, con mayúsculas, ha sido en los documentales de La 2.

—¡Viene la madre! —gritó el maromillo-que-tenía-que-haber-sido-veterinario.

Sin hacer ni un ruido, planeó hasta donde se encontraba su pollo, le dio de comer y salió volando. El pollo se tragó el ratón, la cucaracha o lo que fuera de golpe, y al minuto estaba exigiendo otra ración.

¡Iiiiee!

A otra cosa, mariposa

Fascinante. Nuestro patio se había convertido en un lugar completamente fascinante. Lo de ver crecer las ancas de rana a un renacuajo tiene su miga, pero esto era otro nivel. Empecé a pensar que, si estas lechucillas hubieran llegado cuando había ratones, podrían haberse dado un festín y yo no tendría las manos manchadas de sangre.

Al día siguiente, nos olvidamos un poco de nuestros vecinos del reino animal y del misterio de la lechuza. Lo habíamos resuelto y, en fin, los gritos podían llegar a ser un tostón, cuando se nos cayera de los ojos el velo de la fascinación.

Nos fuimos a ver la luna de agosto en nuestro paseo vespertino y al volver ni mencionamos a la familia Lechuza siquiera. Entramos en el patio, dispuestos a relajarnos un poco, cuando…

—¡No te lo vas a creer! ¡No te lo vas a creer! —gritó el maromillo. Vi que señalaba hacia la puerta de la cocina, que da al patio.

—¿Qué ha pasado?

—Mira.

Ellas también investigan

A través del cristal vi a una lechuza en todo su esplendor. Se había posado estratégicamente sobre el marco de un cuadro de mi maromo (ignacioklindworth.com) y nos miraba aterrorizada.

También nosotros nos miramos el uno al otro con cierto pánico. Pensé en mi madre. Le pegaría mucho decir: ¿No querías caldo? Pues dos tazas.

Habíamos pasado de no tener ni idea del ruido que hacen, cómo vuelan, en qué región se sienten más a gusto (en nuestro patio, ahora lo vemos claro), a tener una DENTRO de casa, a dos metros. Le hicimos doscientas setenta y ocho fotos, hasta que se hartó del posado hollywoodiano y se escondió detrás del cesto de la leña.

Entonces procedimos a apagar todas las luces y dejar bien abierta la puerta de la cocina, a ver si pillaba la indirecta, y nos fuimos a dormir. Al día siguiente, había volado. Dios aprieta, pero no ahoga (esto también lo diría mi madre).

La adolescencia de los pollos

Los días siguientes descubrimos que no había un pollo, sino dos. Nos vigilaban con tanto interés, que a ratos se olvidaban de dar gritos para que su madre trajera la cena.

Cuando se entusiasmaban movían la cabeza de un lado a otro y, ay, nos entusiasmábamos nosotros porque ¡son monísimos!

De tanto en tanto aparecía la madre, les daba un aletazo y los mandaba esconderse un poco de la vista de los humanos. En cuanto se largaba a seguir cazando ratones (a esta también le pagaría varios sueldos para que me asegurara que no va a volver a haber ni uno por aquí), los polluelos se instalaban en el borde del tejado de nuevo, a seguir mirándonos como quien mira la tele.

La noche siguiente nos dimos cuenta de que ¡había tres! Uno se había instalado cómodamente en el respiradero de la casa del vecino.

Les hemos hecho casi tantas fotos como a su pariente despistado que terminó en nuestra cocina. Hemos intentado subirnos a escaleras y tejados y compartir las fotos con vosotros en las redes, pero el asunto no es sencillo.

No se les ve bien, pero trasluce su monería infinita. ¿Verdad que sí?

La ilustración es de @iklindworth, ignacioklindworth.com y las fotos también

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Ana Bustelo | Servicios editoriales y traducción literaria
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