La labor del editor es cortar lo que sobra

La labor del editor

Una de las primeras entradas que publiqué en este blog fue sobre la necesidad de corregir un texto. En las charlas y clases que doy sobre edición a menudo empiezo preguntando por qué creen los alumnos que debe corregirse un texto. No suelen dudar al responder: un autor no ve sus propios errores, hay que unificar, hay que ajustarse a las normas de la casa, hay que revisar cuestiones legales o de plagio… Las razones son múltiples. Lo que no se puede es lanzar un texto al mundo sin corregir. Y, aun así, sigue habiendo muchos autores que no solo no entienden la labor del editor, sino que lo consideran una ofensa personal.

No entraré en los posibles motivos psicológicos de este rechazo a recibir «apoyo» o «colaboración». Sin duda, denota algo de inseguridad y eso lo entiendo a la perfección. ¿Quién no se siente inseguro en algún momento —o muchos— de la vida? Los que realizan un trabajo creativo, con más motivo. Ser artista es vivir en la inseguridad. Pero, autores, una vez que veis terminada la labor del editor, ¿no os parece casi mágico lo que ha mejorado vuestro texto? No porque estuviera mal de entrada, simplemente porque hay innumerables cuestiones que uno deja de ver cuando escribe. Y, muy a menudo, porque hay que recortar un poco con esas tijeras rojas.

Yo traduzco y podréis imaginar que siempre es con poquísimo tiempo y —cómo no— poquísimo dinero. Si me sobrara un poco de ambos, querría mandar todas mis traducciones a una correctora profesional (o dos) antes de enviarlas a la editorial. Lo conseguí una vez y fue estupendo, la correctora descubrió numerosos detalles que se me habían pasado por alto. Después, la editora del sello también corrigió, cosa que me alegró enormemente. En otras ocasiones, en la editorial no hay tiempo suficiente para editar a fondo y eso sí que me crea una inseguridad paralizante.

Me encantaría que alguien me corrigiera todo los textos que salen de mi teclado. Este artículo, sin ir más lejos, se beneficiaría mucho de la mirada de alguien que no fuera yo. De hecho, lo he corregido en 2025 porque he encontrado numerosos errores.

Leí Avid Reader, las memorias de Robert Gottlieb, editor donde los haya. Por sus manos pasaron todos los grandes y a todos, sin faltar uno, les hizo sugerencias sobre su obra. Sip, habéis leído bien. A todos. Según cuenta él mismo, todos aceptaron esos cambios sin rechistar y eso que a muchos les hizo eliminar más de la mitad del texto. Grandes escritores como Roald Dahl, Joseph Heller, Toni Morrison y John Cheever, por citar unos pocos, vieron el lápiz rojo de Gottlieb.

Cuenta Gottlieb que tuvo un momento de inseguridad (esa que tenemos todos, incluidos los editores) con la última obra de Cheever Oh, What A Paradise It Seems. Tenía claro que era una belleza de libro, extraordinario, como todo lo del autor, pero algo le decía que el final no terminaba de encajar. No sabía muy bien qué hacer, se decía a sí mismo que quién era él para decirle a Cheever cómo debía escribir. Después reflexionó; Cheever había acudido a Simon & Schuster precisamente porque quería que Gottlieb editara sus libros y a él le pagaban para que hiciera su labor de editor. Reunió fuerzas y le dijo a Cheever lo que pensaba. Este lo entendió al momento, cambió las últimas páginas y el libro fue otro éxito.

¿Por qué en España sigue habiendo autores que pondrían el grito en el cielo si un editor les dijera que cambiaran el final o sugiriera tirar un par de capítulos a la basura? ¿Será verdad lo de que Spain is different? A mí no me gusta pensar eso. Es posible que sea un poco diferente el mundo de los libros, por una sencilla cuestión de tiempos. La edición tardó en ser la gran industria que es hoy en España y hemos tardado en entender nosotros mismos y explicar en qué consiste el trabajo del editor.

Ahora que todo el mundo escribe, la labor del editor se ha hecho más necesaria, si cabe y me produce mucha alegría ver que los autores noveles sí aceptan sin problema que alguien les eche una mano. Entienden que el texto no dejará nunca de ser suyo por pasar por el escrutinio de un editor. Les gusta, me dicen que aprenden, además, porque nadie nos enseña a escribir.

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La foto es mía. ©AnaBusteloT.

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2 respuestas

  1. Gracias, Ana. A veces los que revisamos y corregimos necesitamos recordarnos que podemos hacerlo. La condescendencia es deshonesta con el autor y con nosotros mismos.

    También ocurre que algunos editores prefieren pasarnos por alto.

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Ana Bustelo

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