Un día estaba yo rompiéndome la cabeza con mi libro Manual del editor de mesa, cuando vi llegar a uno de los pocos vecinos que vive en mi calle. Va siempre en una bicicleta naranja y se pasa el día en el «punto limpio», que es un agujero en la tierra con un contenedor de hierro dentro, al que los del pueblo tiramos absolutamente todo, menos escombros. «Escombros no», dice un cartel como si hubiera pasado por allí la máxima autoridad de la EU en medioambiente. Tampoco se pueden tirar restos de la poda. Ni escombros, ni restos de la poda, pero se pueden tirar móviles, tres kilos de pilas, una aspiradora, una nevera, una cama, un colchón, LIBROS (jejejej), ¡lo que uno quiera!
Punto limpio lo llaman…
Decía que mi vecino pasa allí los días y se lleva cualquier cosa de metal que encuentre. ¿Podría ser el chatarrero del pueblo? No lo sabemos. No tenemos ni idea de qué hace con sus tesoros. Un día se llevó nuestra aspiradora averiada (tenía más de veinte años, todo hay que decirlo).
Como lo tenemos tan cerca, pensamos que sería más fácil ofrecerle las cosas que le puedan interesar y llevárselas a su casa. No queríamos hacerle ir en bicicleta hasta allí para que tuviera que volver después con la aspiradora a cuestas. (Lo cierto es que tiene verdadero arte para llevar bultos de diversas formas y tamaños en la bicicleta). Pero no encontrábamos la manera de decírselo.
No es un hombre… digamos… simpático. ¿Cómo puede serlo si apenas habla? ¿Se puede ser simpático sin tener las palabras adecuadas para la amabilidad? Las veces que lo hemos intentado nos ha respondido con gruñidos ininteligibles, aunque yo le he visto charlar con gente del pueblo.
El caso es que estaba yo en mi despachito devanándome los sesos con el texto que tenía que entregar al sello Berenice, cuando le vi llegar con su bici desde ese punto limpio que le da un motivo para vivir. Se diría que es su trabajo. Se despierta y se va para allá. Viene a comer a casa y por la tarde se vuelve.
Venía un poco más alterado que de costumbre. Me pareció que daba saltitos nerviosos. Yo lo miraba desde mi ventana, entre enternecida y horrorizada. ¿Cómo ha vivido este hombre hasta ahora? No sabría decir su edad, pero ya no es joven. ¿Cómo serían sus padres? ¿Tendrían olivas, que es de lo que han vivido en este pueblo durante años? No creo que fuera a la escuela y a fuerza de estar solo, ha debido ir olvidando las palabras que aprendió un día. Mientras yo solo pensaba en dar con la siguiente palabra que poner en mi libro para que quedara una anécdota graciosa, el vecino andaba por el pueblo sin palabras suficientes. ¿Quién le enseñaría a montar en bici?
Tardé un rato, pero por fin me quité de la cabeza al señor y noté que las frases y los párrafos empezaban a fluir hacia el final de mi manual. Había logrado concentrarme completamente, cuando oí a mi maromillo abrir la puerta de casa con cierta prisa.
—¿A dónde vas? —pregunté.
—A llevarle mercromina al del punto limpio.
Le llamamos así, «el del punto limpio». Solo tenemos tres vecinos en esta calle: «el de la hija y la nieta», «el que oye a la Credence» y «el del punto limpio».
—¿Cómo dices? ¿Mercromina?
Me faltaba información. ¿En qué momento había departido mi maromillo con este vecino? No me podía creer que me hubiera concentrado tanto que no me hubiera enterado de este rendez vous. Yo, que pasa una mosca y me distraigo. También me quedé un poco atascada con lo de la mercromina. Es una palabra que me trae recuerdos de la infancia, de costras perennes en las rodillas, de heridas diminutas con litros de ese líquido que tardaba días en borrarse. Cómo nos gustaba pintarnos la piel… (¿Quizá venga de ahí la adoración actual por los tatuajes?).
Me voy por los cerros de Úbeda, queridos lectores. Maromillo me explicó que, al volver de no sé qué recado, se había dado de bruces con él. Acababa de dejar la bici aparcada en la puerta y se le había acercado blandiendo el dedo índice. La conversación fue más o menos así:
—Mira, mira… —El vecino le enseñó una herida bastante profunda que se había hecho en el dedo.
—Vaya —dijo Maromillo un poco desconcertado—. Se ha hecho usted un buen tajo.
—¿Qué hago? —preguntó el vecino.
—Lo primero que tiene que hacer es lavárselo bien.
—¿Qué? —respondió él.
—O puede ir al ambulatorio a que se lo limpien.
—¿Qué?
Ay, madre, pensó mi maromo (esto lo sé porque me lo dijo). Ay, madre, este se ha lavado muy poco en su vida y ¿nunca ha ido al ambulatorio?
—Se lo tiene que limpiar y después se pone usted Betadine.
—¿Qué?
—Mercromina. ¿Se acuerda usted de la mercro…? Olvídelo. Espere aquí que ahora vuelvo.
Mi maromillo volvió a casa, cogió una caja de tiritas, unas gasas y el Betadine, y salió despepitado, que es cuando le vi yo. Se lo dio todo y le explicó cómo se lo tenía que poner. Insistió en lo de lavarse, pero quién sabe lo que pasaría ahí. Al día siguiente le vimos con el dedo envuelto en prácticamente todas nuestras reservas de gasas y tiritas, y bien teñido de color rojizo. Parece que entendió las instrucciones.
Nunca se le ocurrió devolvernos el bote de Betadine. Eso lo notamos enseguida. Tampoco este encuentro y salvamento, por llamarlo de algún modo, supuso un antes y un después en nuestra relación. Él siguió siendo tan sieso como siempre y nosotros seguimos siendo nosotros. Yo apenas le miro, porque no sé qué decir, y él no me mira NUNCA. Mi maromillo saluda sonriente y levanta una mano, incluso. El otro, a veces responde, a veces no.
Contadme de vuestros vecinos. Seguro que hay historias interesantes.
La ilustración es de Ignacio Klindworth.




