Cada cierto tiempo aparecen en la prensa cultural artículos sobre el papel del librero en la sociedad, sobre lo importantes que son en la cadena productiva del libro y no cabe duda de que es verdad. Es el último eslabón y es fundamental. Además, su esfuerzo por mantenerse en la era del comercio por Internet es más que encomiable. Personalmente, les admiro mucho, como a todos los que nos dedicamos a esto de los libros. (Sí, también me admiro a mí misma, ¿por qué negarlo?).

Sin embargo, quería decir (y me arriesgo a que me insulte más de uno) que me sorprende un poco la figura del librero que, con una sonrisa de oreja a oreja, siempre amable y dispuesto a ayudar, recomienda libros porque conoce perfectamente el gusto del cliente. Yo no logro recordar, por más que lo intento, alguna vez que un librero me haya recomendado un libro, mucho menos con una sonrisa. Los que conozco tienden a estar de mal humor y ahorran mucho en palabras. También hay que decir que yo probablemente no sea la clienta ideal, soy tímida y, si puedo, evito hablar con cualquiera que esté en una tienda, sea de libros, de cacerolas o de ropa. Es más, evito ir a tiendas. Las únicas que de verdad me gustan son las librerías…

Tengo una sobrina que lee todo lo que cae en sus manos y un fin de semana que pasó conmigo la llevé a la librería del barrio a ver si encontrábamos no sé qué secuela de Ana de las tejas verdes. Entonces tenía doce años y, al contrario que yo, siempre ha sido extrovertida y charlatana. Así que no tardó en explicar al señor que nos atendió el título que había leído, el que andaba buscando, la editorial, la colección… Lo sabía todo y todo se lo contó, ella sí, con una gran sonrisa de felicidad de pensar que pronto podría leer y hacer suya esa historia.

El librero le enseñó un volumen, diciendo que era el único que existía y que él no tenía constancia de que se fueran a publicar más. Mi sobri le explicó, sin inmutarse, que se estaban reeditando, que ya habían salido dos y se había anunciado un tercero… Él interrumpió para insistir en que no tenía más que el que le había enseñado y desapareció de nuestra vista por una puerta que hay al fondo del local. Esperamos unos minutos, quizá había ido a buscar los libros, quizá se le había ocurrido otro título del estilo para recomendar.

No.

No volvió a salir de detrás de aquella puerta.

La sobri no se lo tomó demasiado mal, aunque se le veía la sorpresa en los ojos. Vive en una ciudad más pequeña que Madrid y allí es amiga de un librero que le habla de colecciones y editoriales, y fue quien finalmente le consiguió toda la serie de Ann of the Green Gables. Yo, en ese mismo momento decidí lanzar mi pequeño boicot personal contra la librería: no volvería nunca más. (Es un boicot recurrente, no es la primera vez que me indigno con ésta en concreto, pero al final la tentación de comprarme alguna historia irresistible me vence. Sin embargo, ahora el enfado era mayor, porque la antipatía de aquel hombre amargado fue contra mi sobrina, una preadolescente encantadora para la que no hay mayor felicidad que estar con un libro en las manos). Empecé a frecuentar otra librería, donde tampoco se puede decir que fueran la alegría de la huerta, para qué nos vamos a engañar. Pero a menudo pienso que exijo demasiado a la gente que trabaja cara al público: me gustaría que me miraran a los ojos cuando me cobran, por ejemplo, y eso es un disparate, lo sé. De modo que había aceptado que ir a ver libros es una gozada hasta que llega el momento de pagar o de preguntar algo. Entonces ponen cara de que hay mil sitios donde ellos estarían mejor que ahí y no te miran en absoluto.

Hace unas semanas entré en mi nueva librería y me recibieron un montón de caras sonrientes. Primera sorpresa. Sería que perduraba el buen humor del verano, pensé o por fin se habían decidido a echar a todos los antipáticos y habían contratado a una tropa alegre.

Encontré un libro sobre editores y decidí arriesgarme a preguntar si tenían otros dedicados al mundo editorial. La librera, una chica de ojos penetrantes, que emanaba energía por los cuatro costados me pidió disculpas amablemente: «En cuanto termine este pedido te atiendo». Tardó dos minutos o menos en volver a prestarme atención. «Casi todo lo que tenemos sobre edición está ahí, sí, donde estás tú. Pero… un momento, ¿has leído éste?», preguntó a la vez que me enseñaba Nada se opone a la noche de Delphine Vigan. No tenía que ver con edición, no lo conocía, ni había oído hablar de la autora. Leí el primer párrafo, que me dejó sobrecogida, y después el texto de cubierta. La autora había nacido en el mismo lugar que yo y casi, casi, en el mismo año… Era una señal. Tenía que leerlo. Además, en bolsillo costaba 11 euros. La señal definitiva.

Pero, lo que era más importante, me lo estaba recomendando una persona que trabajaba en la librería, que estaba de buen humor, que tenía tiempo para todos los que andábamos por allí con ruegos y preguntas, que gastaba bromas, reía y nos hacía reír.

Me aseguró que había devorado el libro en una noche, no lo había podido dejar. «Si no te gusta, vienes a decírmelo. Bueno, y si te gusta también».

Me fui a casa entusiasmada. Por primera vez en la vida, una librera me había recomendado un libro.