Editora en un pueblo. Ana Bustelo. Ilustraciones de Ignacio Klindworth

Lugares donde no hay prisa

A mis padres les parece un drama que yo viva en un pueblo y eso que no lo conocen. Al resto de la humanidad le da igual donde viva yo y a mis amigos les parece «encantador». Creen —porque tampoco lo conocen— que es un lugar idílico, que la casa está sobre una colina por la que yo bajo corriendo, cual Heidi, hasta el pueblo para comprar el pan.

Lo que no saben es que los pueblos son como todo: tienen cosas buenas y cosas malas. Por ejemplo, los vecinos pueden ser un tostón, igual que en cualquier gran ciudad. La única diferencia es que los tienes enfrente (y a los lados), en lugar de tenerlos debajo o encima (y a los lados).

Enfrente yo tengo a uno que es tan búmer como yo o más, pero se cree que sigue teniendo 25. Va con un pañuelo de esos que llevan los vaqueros atado al cuello, una bandana, lo llaman los yanquis. En español bandana significaba otra cosa, pero no me voy a poner en plan filóloga, entre otras cosas, porque no lo soy, os recuerdo.

Este vecino va con un coche medio tuneado. O sea, ha pegado unas llamas naranjas a los lados (llamas de fuego, no ese animal andino que tiene tan mala idea) y lleva la música a todo volumen.

Y ¿qué música diréis que lleva? ¡¡Credence Clearwater Revival!! La crídens, colegas. Yo creía que me había quedado anticuada con mi querido Bob. El otro día vino con algo más jevi, que no llegué a distinguir de lo alto que estaba, pero podía ser Deep Purple.

Entra y sale de casa unas cinco veces al día. La ventana de mi despacho da directamente a la puerta de su garaje. De modo que, cuando hace la maniobra para meterse dentro marcha atrás, hay un rato que nos estamos mirando a los ojos. Si, en ese momento, se equivocara y metiera primera, acabaría en mi despachito.

A veces, cuando oigo su coche, apago las luces y la pantalla y salgo corriendo. No preguntéis. No tenéis ni idea de lo que es vivir en un pueblo.

Una costumbre muy de aquí, por ejemplo, es dejar el coche en marcha, durante ratos larguísimos. A veces incluso con la puerta del conductor abierta. ¿Para qué cerrarla si vas a volver en un rato?

Por un lado esto me gusta. Quiere decir que son confiados, que nadie nos va a robar… Por otro, ay, debo tener un TOC. Porque veo una puerta de coche abierta y me parpadea el ojo derecho.

El otro día, uno se atravesó en la calle todo lo largo que era (el coche), puso el freno de mano (suponemos, porque este pueblo está en cuesta) y entró en la panadería. Yo, que iba detrás —en mi propio vehículo— sufrí parpadeos e incluso ligeras convulsiones y luego me dije: «será entrar y salir, tranquilidad».

Pero a la panadera le gusta la charla y allí estuvo el coche —en marcha y con la puerta abierta— unos diecisiete minutos. Cuando aparecía alguien detrás de mí, daba marcha atrás y se iba por la calle de al lado.

Nadie pitó, nadie se bajó a gritarle que estaba mal de la cabeza, nadie le dijo a la panadera que hablara un poco menos, que tenemos cosas que hacer.

Así son los pueblos, lugares donde no hay prisa.

Ilustración de @IKlindworth, ignacioklindworth.com

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Ana Bustelo | Servicios editoriales y traducción literaria
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