Donde nadie es forastero_Editora_Ana Bustelo_dibujo_Ignacio Klindworth

Donde nadie es forastero

A los tres días de instalarnos en el pueblo, mi maromillo y yo salimos a dar una vuelta. Fuimos por la carretera principal, con la vista puesta en los olivos y al volver por la misma carretera, descubrimos un cartel con el nombre del pueblo y la coletilla «…donde nadie es forastero». La contundencia de la frase nos arrancó una risa más sonora de lo que esperábamos. Miramos a los lados para asegurarnos de que nadie nos había oído. No queríamos que nos cazaran riendo ante los orgullosos monumentos del villorrio polvoriento.

El sol se alzaba en esa hora del verano en que apenas produce sombras. Nos enjugamos las gotas de sudor con un pañuelo. No había un árbol al que arrimarse. Esta Castilla nuestra, ¡qué manía le tiene al verde! Cuando vinimos a ver la casa, lo hicimos en coche y era primavera. No se nos había ocurrido dar una vuelta por el que iba a ser nuestro pueblo a partir de ahora.

De un callejón lateral mal empedrado salió una señora que más parecía un gran bloque de madera rectangular, sostenido por dos pantorrillas musculadas. A corta distancia, la seguía otra, algo más pequeña, con piernas como palillos que terminaban en unas alpargatas de esparto. Una de las piernas parecía no poder doblar la rodilla. El bloque de madera iba diciendo algo a grito pelado. La otra asentía con la cabeza, demasiado ocupada en mantener el ritmo.

—Muy buenas tardes, señoras —dijo mi maromillo, al tiempo que hacía como si levantara levemente el ala de un sombrero inexistente. Yo les lancé mi sonrisa más grande.

Detuvieron su avance nervioso para proceder a hacernos un escaneado completo. Ambas llevaban falda hasta media canilla. Se protegían los ojos con la mano, para vernos mejor.

—Hmm… buenas tardes —respondió el bloque de madera, con un ademán que indicaba que ya estaba lista para ponerse en marcha de nuevo.

—Buenas —dijo la otra sin moverse. Tomó aire y colocó un brazo en jarras. El tocho de madera aprovechó el momento para meter el suyo por el hueco y tirar de ella. Cuando nos dieron la espalda, oímos que la más fornida decía:

—¡Bah! ¿Sabes quiénes son? Los forasteros.

La ilustración es de Ignacio Klindworth.

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Ana Bustelo | Servicios editoriales y traducción literaria
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