Llevo dos años y medio trabajando como autónoma, después de más de 20 haciéndolo como empleada por cuenta ajena, y lo que más me ha sorprendido en esta nueva etapa es que la gente se pone en contacto conmigo para que les aconseje, les corrija la novela o les haga un informe de lectura y consideran que debe ser gratis. Sobre todo, si el informe de lectura es negativo.
Comprendo que cuesta pagar por cuatro páginas de texto en las que se dice que tu novela es impublicable. No lo digo por hacerme la simpática. Lo entiendo perfectamente.
Hace unos días mi marido llevó su moto al taller, se la despedazaron para mirarle las tripas y concluyeron que no merecía la pena arreglara, pero eran 80 eurazos (!) por desmontarla y volverla a montar. No le hizo ninguna gracia. Es más, blasfemó en los tres idiomas que conoce. Pero el lunes soltará los 80 del ala.
Hace cinco meses una persona me pidió un informe de su novela. Me pareció que tenía potencial, tenía partes incluso poéticas, pero no le veía el hilo conductor, no se entendía lo que quería transmitir, con lo cual perdía el interés del lector por el camino. Necesitaba mucho trabajo de edición (no de un editor, sino de la propia autora; ya hablaré de esto en otro post) antes de enviarla a una editorial.
Me costó mucho leer la novela, era un texto hermético; que parecía que en ocasiones se iba a abrir para descubrirme un mundo y luego se cerraba, como si estuviera aterrorizado de mostrarse. Fue un esfuerzo hacer el informe y así se lo dije por escrito a la autora. No soy infalible. No hago informes como churros. Quizá no haya entendido este texto (siempre existe esa posibilidad). Mi opinión no es «buena» ni «mala», en el sentido de la calidad de lo que digo. Lo que opino, además, no está grabado en piedra. Se basa, sencillamente, en mi experiencia de más de 25 años trabajando en el mundo editorial; más de 25 años leyendo todo tipo de libros y decidiendo si se publican o no.
Es un riesgo encargar un informe, no cabe ninguna duda. En el mundo de la creación todo es un riesgo. Para ser artista hay que ser valiente. Hay que desnudarse ante el mundo entero; hay que arriesgarse a que te destrocen; a que te digan que lo que haces es espantoso; hay que arriesgarse a gustar muchísimo con una primera obra y tener que estar a la altura con la segunda; hay que arriesgarse a crear algo que ni siquiera te gusta a ti; hay que arriesgarse a que no te entiendan; hay que arriesgarse a intentarlo y descubrir que no vales.
También para mí es arriesgado realizar un trabajo que es completamente subjetivo. Siempre aviso antes de hacer un informe: «esta es MI opinión, pero puede haber muchas más». «Yo no lo publicaría, pero otro editor quizá sí». «Creo que deberías corregir esto, pero a lo mejor no estás de acuerdo». También es posible que yo no valga para esto.
El mecánico del taller en el que duerme la moto de mi marido estos días a lo mejor no tiene ni idea de mecánica; a lo mejor ni siquiera le ha mirado los intestinos al cacharro; a lo mejor ha dicho que no tiene remedio porque le daba pereza descubrir cuál era el problema. Pero va a recibir los 80 euros, porque el cliente, mi marido, confía en que sí ha hecho su trabajo, sabiendo que existe la posibilidad de que en otro taller el diagnóstico fuera distinto.
A mí, esta autora no me va a pagar. Ha dejado de responder a mis correos después de lanzarme una reflexión sobre la sorpresa que se llevó al comprobar que yo no «conectaba» con su novela. Pero la cuestión es que, conecte o no conecte, signifique lo que signifique eso, yo hice un trabajo, lo hice a fondo, me llevó mucho tiempo, impidió que hiciera otros bastante más lucrativos y menos complicados, y a ella le ha salido gratis.