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Imperio

Hace unos meses salía de casa con mi última traducción rondándome por la cabeza. Ya la había entregado, pero seguía inmersa en el texto. Es una historia de Madrid que ha escrito Luke Stegemann, un australiano que hace tiempo que es medio español. Recorre la historia de España desde la capital del reino. Empieza cuando esto era un erial y termina en el siglo XXI —con la Filomena—, pasando por los romanos, los visigodos, el imperio, la descolonización, la guerra civil… No se deja nada.

Me hizo pensar en mi carrera de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Me di cuenta de que, a pesar de todo lo malo, algo había aprendido. Recordé muchas cosas durante el proceso de traducción. Me dieron ganas de volver a las aulas y empezar de nuevo. Ahora atendería más, iría a todas las clases, no jugaría tanto al mus en el bar. Qué bonita es la Historia. Qué interesante la de España y la de Madrid.

Estaba a punto de entrar en el coche para ir a la gran ciudad, precisamente, a una reunión con Lola Cruz y Javier Ponce, editores de esta traducción, cuando una señora de pelo cano me agarró del brazo y me lanzó una sonrisa.

—¡Hola! ¿Eres…?

Cuando me vio bien la cara, me soltó el brazo y pidió disculpas.

—Perdona, creía que eras…

—¡Muy buenos días! —dije yo. Ahora que soy una editora en un pueblo saludo a todos, y más a las personas mayores, que son las que mantienen esa costumbre maravillosa—. No soy de aquí. Pero vivo ahí arriba, al final de la cuesta, en la casa del herrero.

—Ah, sí. Os veo desde la mía —respondió sin indicar a qué casa se refería. Yo miré a un lado disimuladamente, para intentar descubrir desde dónde nos «veía». Me volvió a agarrar por el brazo ahora que habíamos cogido confianza—. Tú vas llena de cuadros hoy —me dijo echándome una mirada de arriba abajo. Efectivamente, ese día había combinado una blusa de rombos grandes con unos pantalones setenteros de cuadros pequeños.

—Bueno… —empecé a decir. Iba a explicar que era primavera, que ya había desterrado el negro, cuando me interrumpió.

—Yo soy muy mayor.

—No será tanto —respondí—. Yo la veo estupenda. —Eso le arrancó una sonrisa.

—Tengo más de 94 —me dijo, con cara de sorpresa. Por un momento, me dio la sensación que la vida le estaba pasando por delante de los ojos, porque no miraban al frente, miraban al pasado.

—No los aparenta. Yo hubiera dicho que tenía setenta y ocho, como mucho. No era una mentira piadosa. La señora tenía la piel de la cara tersa y libre de manchas. El pelo blanco, hermoso, abundante. Estaba delgada, como una jovenzuela.

—Bueno, niña, que te tienes que ir. Dime cómo te llamas, por lo menos.

—Me llamo Ana ¿y usted?

—Imperio —respondió y se le escapó una mueca.

—Un nombre con poderío —dije sin pensar.

—Sí, bueno. Me lo pusieron porque mi abuela se llamaba así… —Puso cara de que el nombre le había pesado, intuí que encerraba toda una historia aquel apelativo, pero no quiso seguir—. Hala, buenos días, que voy ahí un momento a charlar con…

Señaló hacia la Oficina de turismo, un lugar diminuto que casi nunca está abierto. Estuve a punto de dejar todas mis obligaciones e irme a charlar con mi nueva amiga. Estaba segura de que aprendería más Historia de España con ella, que en todos mis años de carrera. Quería saber cuándo se puso de moda ese nombre, cómo podía llamarse así si no había una santa… Quería saberlo todo sobre ella y su abuela de igual nombre, quería saberlo todo sobre Imperio.

La ilustración es de @IKlindworth. ignacioklindworth.com

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Ana Bustelo | Servicios editoriales y traducción literaria
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